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Que se vayan pero sin nosotros



En la franja oriental de Aragón se resisten a adoptar el catalán, pese a las presiones. Dicen que el nacionalismo catalán se queja de Madrid, pero hace lo mismo con ellos.

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Es una pequeña zona, en la que sus habitantes se esfuerzan por ser reconocidos por otra región vecina, mayor y más poderosa. Quieren defender su identidad y su idioma frente a lo que consideran una imposición de otro modo de entender la vida. Dicen que la otra región tiene más dinero, que ha intentado convencerles de que forman parte de una historia común y, que pese a lo que digan las fronteras, ellos son lo mismo, el mismo país, la misma cultura.
Estamos hablando, claro, de Cataluña. 

Es decir, que Cataluña es la región poderosa, fuerte y con dinero, mientras que son los pequeños pueblos de Aragón oriental los que se defienden como pueden del vecino poderoso.

A La Codoñera una pequeña localidad de la franja oriental de Aragón, de apenas 500 habitantes, y donde el invierno se hace duro, la llaman la localidad rebelde
En La Codoñera viven del cultivo de secano y llevan una vida de pueblo, lejos de casi todo, «autóctonos», como dicen ellos, con unas preocupaciones y un ritmo de vida distinto al que se manejan en las grandes ciudades. 

Pero La Codoñera, y aquí empieza la historia, geográficamente está situada muy cerca de Lérida /Tarragona , aquí s’ha embolicat lo que escriu /

La Codoñera es, a veces, aunque no quieran, aunque se enfaden y se rebelen los que allí viven, La Codonyera. Sus habitantes hacen frecuentes viajes de ida y vuelta entre el pueblo y Lérida. Algunos acaban trabajando en Cataluña y luego pasan las vacaciones en su tierra natal. Como en otros pueblos de la zona, son habituales los matrimonios mixtos, entre catalanes y aragoneses. Las relaciones entre vecinos son amistosas. Y muchos padres y abuelos viajaron a Cataluña para trabajar, los acogieron y los dieron de comer. «Pero, por nuestra manera de sentir, por nuestra idiosincrasia, no nos sentimos identificados con las costumbres catalanas», asegura la alcaldesa de La Codoñera, María José Gascón.
En Aragón no aguantan que les cambien los nombres de las calles, que les digan cómo se llama su pueblo o que den nombre al idioma que hablan. «Chapurriau, que significa balbucear y del que estamos orgullosos». Chapurriau, que se parece y podía ser confundido con el catalán.  Pero que no lo es, ni por asomo, dicen en La Codoñera y en otras localidades cercanas. Se puede llamar aragonés oriental o chapurriau, pero no catalán, porque no es catalán. 


No es sólo cuestión de un idioma, es lo que viene con el idioma: las casas culturales que se abrieron en poblaciones ya grandes como Fraga y los jóvenes que, en ocasiones, llegaban con banderas esteladas a explicar todo lo que compartían. Es la pequeña rabia silenciosa que les crece cuando ven que la televisión pública catalana, TV3, da el tiempo de esos pueblos de Aragón, como si fuesen catalanes o que el BOE, el pasado octubre dijera que doce regiones aragonesas pertenece a Lérida. Y por último, la ley de lenguas actual, y a punto de ser sustituida por otra, que hacía del catalán un idioma oficial en la zona y, por tanto, se tenía que impartir en los colegios. Cuentan los vecinos que cuando los niños llegaban a casa y oían hablar a los padres el chapurriau les decían que estaban hablando mal el catalán, que es lo que les decía el profesor en el colegio. Y en algunos mapas extraoficiales aparecían formando parte de los «Països Catalans».

Independencia
Pero están al otro lado de la  frontera autonómica y desde ahí observan con curiosidad la campaña electoral de sus vecinos, en la que un punto fundamental es la posible independencia de Cataluña. La Codoñera es un territorio de Aragón, ¿pero  La Codonnyera sería catalana, sería otro país, no? «No, no, no, ¡ni  me lo nombres! Para nosotros sería el harakiri, ni hablar. En nuestro pueblo ni hablamos de eso, que hagan lo que tengan que hacer, lo que quieran, pero que a nosotros nos dejen en paz», se exalta María José Gascón.
 «El nacionalismo catalán que se queja de Madrid, está, sin embargo, haciendo lo mismo con nosotros. Aquí  se han presentado  los partidos catalanes y no sacan votos, pero siguen diciendo que somos como ellos. Que se independicen, que lo hagan, que hagan lo que quieran, pero sin llevarnos a nosotros», dice un vecino desde el anonimato.

«Nosotros somos de pueblo», continúa la alcadesa de La Cordoñera, también profesora, que llega a casa cargada de libros y se va encendiendo según avanza la conversación. Son de pueblo y con mucho orgullo. Son de pueblo, con todo lo que eso significa. Nunca han admitido que en su colegio haya un profesor de catalán y un día, que llegaron dos conferenciantes desde Cataluña, uno de ellos de ERC, para explicar el catalanismo, para decirles que, como hablaban lo mismo, tenían la misma identidad,  
La Codoñera se olvidó de las disputas entre ellos: se pusieron todos camisetas e hicieron pancartas, orgullosos de lo que hablaban: «No somos analfabetos, hablamos chapurriau». Cuando los conferenciantes iban a comenzar su exposición, no les dejaron. Al final, se marcharon sin poder hablar.

«A veces nos hemos sentido amedrentados –explica María José Gascón–. Como si el objetivo final de todo fuese anexionarnos a ellos. Creo que a la larga ése era el plan». Tienen la impresión, además, de que sus vecinos catalanes, institucionalmente, los minimizan, los miran por encima del hombro.  Por eso defienden su territorio con la fiereza de quien se siente amenazado. Aseguran que si dialogan un aragonés chapurriau y un catalán catalán, uno de los dos tendría que cambiar de idioma, porque no se entenderían. Puede ser una exageración, pero consideran que también están defendiendo su modo de vida. «Es que a nosotros nos gusta la jota, y no la sardana», continúa la alcaldesa. 

Relaciones más tensas

Las que eran relaciones cordiales se han ido enfriando con diferentes problemas: desde el clásico de a quién pertenecen los bienes sacros de las iglesias de la zona, hasta un problema humanamente más grave como es el de la sanidad, cuando para los vecinos de los pueblos de Aragón se ha vuelto más complicado pasar al hospital de Lérida para ser atendidos. Con la crisis económica no es tan fácil atender a gente de otras autonomías. «Antes íbamos a comprar allí –cuenta un vecino–. Ahora vamos a Binéfar».


En esa zona, las misas siempre se han hecho en castellano, pero hubo un momento en que se planteó hacerlas en catalán; los curas se negaron. Un vecino de Tamarite, que vive en Barcelona y que no quiere dar su nombre, cansado de las presiones, cuenta que en sus idas y venidas de un lugar a otro, nota siempre una diferencia, sobre todo en fiestas. En el último pueblo de Lérida (que siempre dice Lérida y no Lleida) en las farolas cuelgan banderas catalanas, la calle repleta de banderas. Al cruzar a Aragón, una farola tiene una bandera aragonesa y la siguiente, española


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